Mercosur en tiempos de Milei

Mientras la confrontación con Lula ocupa la agenda, el comercio bilateral, el acuerdo con la Unión Europea y la cooperación técnica siguen avanzando. El desafío es convertir esa escala económica en peso geopolítico.
POLITICAHace 1 hora

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Cada pocas semanas, Javier Milei encuentra una nueva forma de calificar a Luiz Inácio Lula da Silva: corrupto, comunista, hasta inventó el concepto de "riesgo Lula". Itamaraty protesta, la Casa Rosada calla o evade, y el ciclo vuelve a empezar. Lo novedoso no es que Argentina y Brasil tengan gobiernos distantes. Lo nuevo es que esa distancia se volvió confrontación presidencial directa, que arrastra la relación bilateral al centro de la disputa política interna de ambos países.

Brasil está en el podio de los socios comerciales de Argentina desde 1991, siendo la mayor economía de Sudamérica, y un actor con peso propio en el comercio y la geopolítica global, con una escala que multiplica varias veces la nuestra. Convertir ese vínculo en una batalla ideológica tiene consecuencias que exceden a Lula y a Milei.

Vale aclarar que esta "radiografía" se concentra en el eje Argentina-Brasil porque ambos concentran alrededor del 80% del PBI y la población combinada del bloque. Paraguay, Uruguay y Bolivia completan un Mercosur de cinco socios, con agendas propias que la centralidad de sus dos miembros mayores suele opacar.

La política exterior libertaria parece leer el mundo con una lógica binaria: Estados Unidos como brújula, Brasil como adversario. Argentina en el contexto actual necesita tanto a Estados Unidos como a China, Brasil, la Unión Europea y otros mercados emergentes. Acercarse a Washington no debería requerir debilitar el vínculo con Brasilia ni convertir la política regional en una competencia ideológica.

Milei parece empeñado en ganar una batalla contra Lula que, incluso ganándola, no altera la relación de fuerzas global. El verdadero está problema está en la escala de los actores con los que Sudamérica negocia. Argentina y Brasil pueden competir en lo político, pero esa pelea no aumenta el poder de negociación de ninguno frente a Washington, Pekín o Bruselas.

Mientras las declaraciones presidenciales copan los títulos, existe un Mercosur más silencioso, con empresas, cadenas productivas y también con sus propios problemas (burocracia, rigidez, asimetrías). 

Los números no acompañan la narrativa de ruptura. Según la Cancillería argentina, el comercio intrazona del Mercosur sumó USD 44.000 millones entre enero y octubre de 2025, 11% más que en 2024. Tras una década de caída, su participación sobre el total exportado subió de 10,6% a 11,5%. Sigue siendo minoritario frente al extrarregional (siete veces mayor), pero la tendencia va a contramano del clima político.

El vínculo bilateral confirma el patrón. El intercambio Argentina-Brasil llegó en 2025 a USD 31.195 millones, máximo desde 2013, 12% más que en 2024. Argentina exportó USD 12.771 millones (64% manufacturas industriales, 30% agroindustriales) e importó USD 18.424 millones, con vehículos, bienes de capital e insumos como principales rubros.

La pregunta no es solo cuánto comercian, sino qué tan sofisticado es lo que intercambian. Un informe de Fundar describe una paradoja: construyeron entre sí un comercio manufacturero complejo, con Brasil concentrando el 56% de las exportaciones argentinas de tecnología media-alta, pero quedó encapsulado en la región, sin proyectarse a terceros mercados como logró la Unión Europea.

La asimetría, además, es marcada: el valor agregado brasileño pesa 21,2% en lo que Argentina le compra a Brasil; el argentino, apenas 3,49% en lo que Brasil le compra a la región.

Ahí aparece otra paradoja. El petróleo crudo ya es el principal producto de exportación argentino, y el gas de Vaca Muerta empezó a llegar a Brasil. Genera divisas y diversifica mercados, pero exportar más energía no equivale a exportar más complejidad. La pregunta es si la Argentina usará esos recursos para financiar innovación, industria y cadenas de valor regionales, o se limitará a extraer y despachar.

Mientras la relación presidencial se tensiona, el Mercosur puso en marcha uno de sus acuerdos más relevantes. El pacto con la Unión Europea se firmó el 17 de enero de 2026 y su capítulo comercial entró en aplicación provisional el 1° de mayo, con aranceles a la baja hacia un mercado de más de 450 millones de consumidores y plazos graduales para los sectores sensibles. 

La integración tampoco se agota en los aranceles, y ahí el bloque desaprovecha aún más su escala. Argentina invierte apenas 0,34% del PBI en I+D (70-80% a cargo del Estado), Brasil ronda el 1,15%, y ambos quedan lejos del 2,24% que promedia la Unión Europea, que a su vez admite estar lejos de su propia meta del 3%.

Es evidente y urgente la falta un plan regional de inversión en investigación aplicada a los sectores donde la región todavía es competitiva. En un mundo donde la disputa tecnológica y el acceso a insumos estratégicos definen buena parte de la geopolítica, no coordinar esa agenda con Brasil es una oportunidad que la región está dejando pasar.

La confrontación tiene un costo que excede lo simbólico. El excanciller uruguayo Nicolás Albertoni, hoy en Harvard, advirtió que la crisis entre Buenos Aires y Brasilia retrasó la definición de cuotas con la UE y envió "una señal negativa" a Bruselas sobre la capacidad del bloque de sostener compromisos. 

Mercosur claramente está lejos de ser un proyecto sin defectos. Sigue sin instituciones capaces de hacer cumplir sus reglas, arrastra un arancel externo rígido y avanza lento. La Argentina tiene motivos legítimos para reclamar más flexibilidad, pero puede hacerlo negociando desde adentro, con el peso del bloque, en vez de debilitar la única plataforma que le permite sentarse frente a mercados diez o veinte veces más grandes.

Los presidentes están hoy más enfrentados que nunca mientras que la economía empuja en la dirección contraria. 

Hoy, el dilema es si Argentina y Brasil podrán volver a convertir su peso conjunto en poder de negociación real o si lo malgastarán en una pelea miope, guiada por el cálculo cortoplacista de un presidente argentino cuyo único objetivo parece ser mantener la preferencia de un presidente norteamericano cuyo propio poder también tambalea.

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